
Aleph
de Paulo Coelho
Calificación de lectores:

Solapa: Paulo Coelho nació en 1947 en la ciudad de Río de Janeiro. Hasta dedicarse en exclusiva a la literatura, trabajó en teatro como director y actor y fue también compositor musical y periodista. Su curiosidad y fascinación por el mundo de lo espiritual (que encuentran su origen en la época en la que recorría el globo al más puro estilo hippie) le llevaron a una serie de experiencias en sociedades secretas, religiones orientales, etc. Es autor de El peregrino de Compostela (Diario de un mago). Fue en 1988 cuando publicó El alquimista, que a pesar de sus lentos y difíciles primeros momentos (su primer editor acabó desistiendo), llegaría a ser el libro brasileño más vendido de todos los tiempos. Posteriormente escribió Brida (1990), Las valkirias (1992), A orillas del río Piedra me senté y lloré (1994), una antología de las mejores columnas publicadas en la Folha de Sao Paulo, Maktub (1994), una recopilación de textos de su autoría titulada Frases (1995), La Quinta Montaña (1996), Manual del guerrero de la luz (1997), Veronika decide morir (1998), El demonio y la señorita Prym (2000), la colección de cuentos tradicionales Histórias para pais, filhos e netos (2001), Once minutos (2003), El Zahir (2005), La bruja de Portobello (2006), Ser como el río que fluye (2007) y El vencedor está solo (2009). Paulo Coelho es Mensajero de la Paz de la ONU; Embajador de la Unión Europea para el diálogo intercultural para el año de 2008; miembro de plantel del Instituto Shimon Peres para la Paz; consejero especial de la UNESCO para Diálogos Interculturales y Convergencias Espirituales; miembro de la directiva de la Schwab Foundation for Social Entrepreneurship; miembro de la Academia Brasileña de Letras; miembro del Doha Center of Media Freedom Board; y miembro del INI International Advisory Council.Contratapa: Aleph marca el retorno de Paulo Coelho a sus orígenes. En esta sorprendente novela el autor narra cómo una grave crisis de fe lo llevó a salir en busca de un camino de renovación y crecimiento espiritual. Paulo decide comenzar de nuevo: viajar, experimentar, volver a conectarse con el mundo y las personas, dejándose conducir por las señales. En este viaje a través de Europa, África y Asia en el transiberiano, acompañado por Yao, su traductor y maestro de Aikido, se reencontrará con Hilal, una joven violinista a la que amó 500 años antes. El encuentro da inicio a un viaje místico a través del espacio y el tiempo, del pasado y del presente, en busca del amor y del perdón. La fuerte conexión entre ambos abre las ventanas de sus almas y la puerta del Aleph, un punto que contiene a todo el Universo, llevándolos a otra dimensión en busca de una oportunidad para reescribir su destino.
Rey de mi Reino
¡No! ¿Otra vez un ritual? ¿Invocar de nuevo a las fuerzas
invisibles para que se manifiesten en el mundo visible?
¿Qué tiene eso que ver con el mundo en que vivimos ahora?
Los jóvenes salen de la universidad y no consiguen empleo. Los
viejos llegan a la jubilación sin tener dinero para nada. Los adultos
no tienen tiempo de soñar, pasan de las ocho de las mañana a
las cinco de la tarde luchando para sostener a la familia, pagar el
colegio de los hijos, enfrentando aquello que todos conocemos con
el nombre resumido de "dura realidad".
El mundo nunca estuvo tan dividido como ahora: guerras religiosas,
genocidios, falta de respeto por el planeta, crisis económicas,
depresión, pobreza. Todos queriendo resultados inmediatos
para resolver cuando menos algunos de los problemas del mundo
o de su vida personal. Pero las cosas parecen ......
+ seguir leyendo
¡No! ¿Otra vez un ritual? ¿Invocar de nuevo a las fuerzas
invisibles para que se manifiesten en el mundo visible?
¿Qué tiene eso que ver con el mundo en que vivimos ahora?
Los jóvenes salen de la universidad y no consiguen empleo. Los
viejos llegan a la jubilación sin tener dinero para nada. Los adultos
no tienen tiempo de soñar, pasan de las ocho de las mañana a
las cinco de la tarde luchando para sostener a la familia, pagar el
colegio de los hijos, enfrentando aquello que todos conocemos con
el nombre resumido de "dura realidad".
El mundo nunca estuvo tan dividido como ahora: guerras religiosas,
genocidios, falta de respeto por el planeta, crisis económicas,
depresión, pobreza. Todos queriendo resultados inmediatos
para resolver cuando menos algunos de los problemas del mundo
o de su vida personal. Pero las cosas parecen ......
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Rey de mi Reino
¡No! ¿Otra vez un ritual? ¿Invocar de nuevo a las fuerzas
invisibles para que se manifiesten en el mundo visible?
¿Qué tiene eso que ver con el mundo en que vivimos ahora?
Los jóvenes salen de la universidad y no consiguen empleo. Los
viejos llegan a la jubilación sin tener dinero para nada. Los adultos
no tienen tiempo de soñar, pasan de las ocho de las mañana a
las cinco de la tarde luchando para sostener a la familia, pagar el
colegio de los hijos, enfrentando aquello que todos conocemos con
el nombre resumido de "dura realidad".
El mundo nunca estuvo tan dividido como ahora: guerras religiosas,
genocidios, falta de respeto por el planeta, crisis económicas,
depresión, pobreza. Todos queriendo resultados inmediatos
para resolver cuando menos algunos de los problemas del mundo
o de su vida personal. Pero las cosas parecen más negras a medida
que avanzamos hacia el futuro.
¿Y yo aquí, queriendo seguir adelante en una tradición espiritual
cuyas raíces están en un pasado remoto, lejos de todos los retos
del momento presente?
Al lado de J., a quien llamo mi Maestro, y aun comenzando a tener
dudas al respecto, camino en dirección al roble sagrado, que
ha estado ahí desde hace más de 500 años, contemplando impasible
las agonías humanas; su única preocupación es entregar las
hojas al invierno y recuperarlas de nuevo en la primavera.
Ya no soporto escribir sobre mi relación con J., mi guía en la
Tradición. Tengo decenas de diarios repletos de anotaciones de
nuestras conversaciones, que nunca releo. Desde que lo conocí en
Ámsterdam, en 1982, aprendí y desaprendí a vivir un centenar
de veces. Cuando J. me enseña algo nuevo, creo que tal vez sea el
paso que me falta para llegar a la cima de la montaña, la nota que
justifica la sinfonía entera, la letra que resume el libro. Paso por
un periodo de euforia, que poco a poco va desapareciendo. Algunas
cosas se quedan para siempre, pero la mayoría de los ejercicios,
de las prácticas, de las enseñanzas, termina por desaparecer
en un agujero negro. O, por lo menos, eso es lo que parece.
El suelo está mojado; imagino que mis tenis tan meticulosamente lavados
dos días antes estarán de nuevo llenos de lodo dentro de algunos
pasos, independientemente del cuidado que pueda tener. Mi búsqueda
de la sabiduría, la paz espiritual y la conciencia de las realidades
visibles e invisibles se transformó ya en una rutina que no da resultado.
Cuando tenía 22 años comencé a dedicarme al aprendizaje de la
magia; recorrí diversos caminos, anduve a la orilla del abismo durante
años importantes, resbalé y caí, desistí y volví. Imaginaba que cuando
llegara a los 59 años estaría cerca del paraíso y de la tranquilidad
absoluta que creo ver en la sonrisa de los monjes budistas.
Por el contrario, parece que estoy más lejos que nunca. No estoy
en paz; de vez en cuando entro en grandes conflictos conmigo
mismo, que pueden durar meses. Y los momentos en que me
sumerjo en la percepción de una realidad mágica duran apenas
algunos segundos. Lo suficiente para saber que ese otro mundo
existe, y lo bastante para dejarme frustrado por no lograr absorber
todo lo que aprendo.
Llegamos.
Cuando acabe el ritual, hablaré seriamente con él. Ambos colocamos
las manos en el tronco del roble sagrado.
* * *
J. dice una oración sufí:
"Oh Dios, cuando presto atención a las voces de los animales, al ruido de
los árboles, al murmullo de las aguas, al gorjeo de los pájaros, al sonido del
viento y al estruendo del trueno, percibo en ellos un testimonio de Tu unidad;
siento que Tú eres el supremo poder, la omnisciencia, la suprema sabiduría,
la suprema justicia.
"Oh Dios, Te reconozco en las pruebas que estoy pasando. Permite, oh
Dios, que Tu satisfacción sea mi satisfacción. Que yo sea Tu alegría, esa alegría
que un Padre siente por un hijo. Y que me acuerde de Ti con tranquilidad
y determinación, aun cuando fuera difícil decir que Te amo."
Generalmente, en este momento yo sentiría, por una fracción
de segundo, pero con eso bastaba, la Presencia Única que mueve
el Sol y la Tierra, y que mantiene a las estrellas en su lugar. Pero
hoy no quiero conversar con el Universo; basta con que el hombre
a mi lado me dé las respuestas que necesito.
* * *
Él retira las manos del tronco del roble y yo hago lo mismo. Me
sonríe, y yo le sonrío a mi vez. Nos dirigimos, en silencio y sin prisa,
a mi casa; nos sentamos en la terraza y tomamos un café, todavía
sin hablar.
Contemplo el árbol gigantesco que está al centro de mi jardín,
con el listón en torno a su tronco, colocado ahí después de
un sueño. Estoy en el villorrio de San Martín, en los Pirineos
franceses, en una casa que ya me arrepentí de haber comprado;
ella terminó por poseerme, exigiendo mi presencia siempre que
fuera posible, porque necesita de alguien que la cuide para mantener
viva su energía.
Ya no puedo evolucionar digo, cayendo como siempre en
la trampa de hablar primero. Creo que llegué a mi límite.
Qué interesante. Yo siempre intenté descubrir mis límites,
y hasta ahora no logro alcanzarlos. Pero mi universo no colabora
mucho, sigue creciendo y no me ayuda a conocerlo por completo
dice J., provocándome.
Está siendo irónico. Pero yo sigo adelante.
¿Y qué viniste a hacer aquí hoy? Tratar de convencerme de
que estoy equivocado, como siempre. Di lo que quieras, pero sabe
que las palabras no cambiarán nada. No estoy bien.
Fue exactamente por eso que vine hoy. Presentí lo que estaba
ocurriendo hace ya tiempo. Pero siempre existe un momento
exacto para actuar afirma J., tomando una pera de encima
de la mesa y haciéndola girar en sus manos. Si hubiésemos conversado
antes, tú todavía no estarías maduro. Si conversáramos
después, tú ya estarías podrido da una mordida a la fruta, saboreando
su gusto. Perfecta. El momento correcto.
Tengo muchas dudas. Y las mayores son mis dudas de fe
insisto.
Excelente. La duda es lo que empuja al hombre hacia delante.
Como siempre, buenas respuestas y buenas imágenes, pero hoy
no están funcionando.
Voy a decirte lo que sientes continúa. Que todo lo que
aprendiste no echó raíces, que eres capaz de sumergirte en el universo
mágico, pero no logras quedar inmerso en él. Que tal vez
todo eso no pase de ser una gran fantasía que el ser humano crea
para alejar su miedo a la muerte.
Mis preguntas son más profundas: son dudas de fe. Tengo una
única certeza: existe un universo paralelo, espiritual, que interfiere
con este mundo en que vivimos. Fuera de eso, todo el resto, los libros
sagrados, las revelaciones, las guías, los manuales, las ceremonias,
todo eso me parece absurdo. Y lo que es peor, sin efectos duraderos.
Te voy a decir lo que ya he sentido continúa J.. Cuando
era joven, me deslumbraba con todas las cosas que la vida podía
ofrecerme, pensaba que era capaz de obtener cada una de ellas.
Cuando me casé, tuve que elegir un solo camino, porque necesitaba
mantener a la mujer que amo y a mis hijos. A los 45 años,
después de convertirme en un ejecutivo muy exitoso, vi a mis hijos
crecer y salir de casa y creí que, de ahí en adelante, todo sería
una repetición de lo que ya había experimentado.
"Fue ahí cuando comenzó mi búsqueda espiritual. Soy un
hombre disciplinado y me dediqué a ella con toda la energía. Pasé
por periodos de entusiasmo y de incredulidad hasta que llegué al
momento que tú estás viviendo ahora."
J., a pesar de todos mis esfuerzos, no logro decir: "Estoy más
cerca de Dios y de mí mismo" digo, con cierta exasperación.
Eso es porque, como el resto de las personas en el planeta,
tú creíste que el tiempo te enseñaría a acercarte a Dios. Pero el
tiempo no enseña; sólo nos trae la sensación de cansancio, de envejecimiento.
El roble ahora parecía estar mirándome. Debía tener más de
cuatro siglos, y todo lo que aprendió fue a permanecer en el mismo
lugar.
¿Por qué hicimos un ritual en torno al roble? ¿En qué nos
ayuda eso a convertirnos en mejores seres humanos?
Porque las personas ya no hacen rituales alrededor de los robles.
Y actuando en una forma que puede parecer absurda, tocas
algo profundo en tu alma, en tu parte más antigua, la más cercana
al origen de todo.
Es verdad. Le pregunté lo que sabía y recibí la respuesta que
esperaba. Debo aprovechar mejor cada minuto a su lado.
Es hora de salir de aquí dice J., abruptamente.
Miro el reloj. Le explico que el aeropuerto está cerca, podríamos
seguir conversando un poco más.
No me refiero a eso. Cuando pasé por lo que estás viviendo,
encontré la respuesta en algo que ocurrió antes de que yo naciera.
Es lo que estoy sugiriendo que hagas.
¿Reencarnación? Él siempre había desalentado las visitas a mis
vidas pasadas.
Ya fui al pasado. Lo aprendí por mí mismo, antes de conocerte.
Ya hablamos de eso; vi dos reencarnaciones: un escritor francés
en el siglo xix y un
Sí, lo sé.
Cometí errores que no puedo remediar ahora. Y tú me dijiste
que no volviera a hacer eso, pues sólo aumentaría mi culpabilidad.
Viajar a vidas pasadas es como abrir un hueco en el suelo
y dejar que el fuego del piso de abajo incendie el presente.
J. lanza los restos de la pera a los pájaros del jardín y me mira,
irritado:
No digas tonterías, por favor. No me hagas creer que realmente
tienes razón y que no aprendiste nada durante esos 24 años
que pasamos juntos.
Sí, sé de lo que habla. En la magia, y en la vida, hay sólo un
momento presente, el ahora. El tiempo no se mide como se calcula
la distancia entre dos puntos. El "tiempo" no pasa. El ser humano
tiene una gigantesca dificultad para concentrarse en el presente;
siempre está pensando en lo que hizo, cómo podría haberlo hecho
mejor, cuáles fueron las consecuencias de sus actos, por qué
no actuó
como debería haber actuado. O si no se preocupa por el
futuro, por lo que va a hacer mañana, qué providencias debe tomar,
cuál es el peligro que le espera a la vuelta de la esquina, cómo
evitar lo que no desea y cómo conseguir lo que siempre soñó.
J. retoma la conversación.
Por lo tanto, aquí y ahora tú comienzas a preguntarte: ¿existe
realmente algo equivocado? Sí, existe. Pero en este momento entiendes
también que puedes cambiar tu futuro trayendo el pasado
al presente. El pasado y el futuro sólo existen en nuestra memoria.
"Pero el momento presente está más allá del tiempo: es la Eternidad.
Los indios usan la palabra karma a falta de algo mejor.
Pero el concepto está mal explicado: no es lo que hiciste en tu vida
pasada lo que afectará el presente. Es lo que haces en el presente
lo que redimirá el pasado y, lógicamente, cambiará el futuro."
Es decir
Él hace una pausa, cada vez más irritado porque yo no logro
entender lo que está intentando explicarme.
De nada sirve quedarme aquí utilizando palabras que nada
quieren decir. Experimenta. Es hora de que tú salgas de aquí. A reconquistar
tu reino, que ahora está corrompido por la rutina. Deja
de repetir siempre la misma lección, no es eso lo que hará que
aprendas algo nuevo.
No se trata de rutina. Soy infeliz.
El nombre de eso es rutina. Crees que existe porque eres infeliz.
Otras personas existen en función de sus problemas y viven
hablando compulsivamente sobre ellos: problemas con los hijos,
maridos, escuela, trabajo, amigos. No se detienen a pensar: yo
estoy aquí. Soy el resultado de todo lo que sucedió y sucederá, pero
estoy aquí. Si hice algo equivocado, puedo corregirlo o por lo menos
pedir perdón. Si hice algo correcto, eso me hace más feliz y
conectado con el ahora.
J. respiró hondo antes de concluir:
Tú ya no estás aquí. Es hora de salir para volver de nuevo
al presente.
Era lo que yo temía. Hacía algún tiempo él venía dándome a entender
que había llegado la hora de dedicarme al tercer camino
sagrado. Sin embargo, mi vida cambió mucho desde el lejano año
de 1986, cuando la peregrinación a Santiago de Compostela me
llevó a afrontar mi propio destino, o el "proyecto de Dios". Tres
años más tarde, seguí el Camino de Roma, en la región donde estábamos
ahora, un proceso doloroso, tedioso, que me obligó a pasar
70 días haciendo a la mañana siguiente todos los absurdos que
soñara la noche anterior (recuerdo que me quedé cuatro horas en
una parada de camiones, sin que ocurriera nada importante).
Desde entonces había obedecido con disciplina todo lo que mi
trabajo me exigía que hiciese. A final de cuentas era mi elección y
mi bendición. O sea, viajé como un loco. Las grandes lecciones que
aprendí fueron justamente aquellas que los viajes me enseñaron.
Mejor dicho, siempre viajé como un loco, desde joven. Pero,
recientemente, parecía estar viviendo en hoteles y aeropuertos, y el
sentido de aventura estaba dando paso a un profundo tedio. Cuando
protestaba que no lograba quedarme mucho tiempo en un solo
lugar, las personas decían espantadas: "¡Pero si viajar es muy bueno!
¡Lástima que yo no tengo dinero para eso!"
Viajar nunca es una cuestión de dinero, sino de coraje. Pasé
gran parte de mi vida recorriendo el mundo como hippie: ¿qué
dinero tenía entonces? Ninguno. Mal daba para pagar el pasaje, e
incluso así creo que fueron algunos de los mejores años de mi juventud:
comiendo mal, durmiendo en estaciones de tren, incapaz
de comunicarme a causa del idioma, obligado a depender de otros
hasta para encontrar un refugio dónde pasar la noche.
Después de mucho tiempo en la carretera, escuchando una
lengua que no entiendes, usando un dinero cuyo valor no conoces,
caminando por calles por donde nunca antes pasaste,
descubres que tu antiguo Yo, con todo lo que aprendió, es absolutamente
inútil ante esos nuevos desafíos, y comienzas a percibir
que, enterrado en lo profundo de tu inconsciente, existe alguien
mucho más interesante, aventurero, abierto al mundo y a nuevas
experiencias.
Pero llega un día en que dices: "¡Basta!"
¡Basta! Viajar para mí se convirtió en una rutina monótona.
No, no basta. Nunca va a bastar insiste J.. Nuestra vida
es un viaje constante, del nacimiento a la muerte. Cambia el paisaje,
cambian las personas, las necesidades se transforman, pero
el tren sigue adelante. La vida es el tren, no la estación del tren.
Y lo que has hecho hasta ahora no es viajar, sino sólo cambiar de
países, lo que es completamente diferente.
Negué con la cabeza.
Eso no me ayuda. Si necesito corregir un error que cometí
en otra vida, y estoy profundamente consciente de ese error, puedo
hacer eso aquí mismo. En aquel calabozo yo sólo obedecía órdenes
de alguien que parecía conocer los designios de Dios: tú.
"Además, ya encontré cuando menos a cuatro personas a quienes
les pedí perdón."
Pero no descubriste la maldición que fue lanzada.
Tú también fuiste maldecido en la misma época. ¿Y la descubriste?
Descubrí la mía. Y puedo garantizarte que fue mucho más
dura que la tuya. Tú fuiste cobarde una vez, mientras que yo fui
injusto muchas veces. Pero eso me liberó.
Si necesito viajar en el tiempo, ¿por qué es necesario viajar
en el espacio?
J. rió:
Porque todos tenemos siempre una posibilidad de redención,
pero para eso debemos encontrar a las personas a quienes hicimos
daño y pedirles perdón.
¿Y adónde voy? ¿A Jerusalén?
No lo sé. A donde te comprometas a ir. Descubre lo que dejaste
incompleto y termina la obra. Dios te guiará, porque en el
aquí y ahora está todo lo que viviste, y lo que vivirás. El mundo
está siendo creado y destruido en este momento. A quien encontraste,
volverá a aparecer; a quien dejaste partir, habrá de regresar.
No traiciones las gracias que te fueron concedidas. Entiende
lo que pasa contigo, y sabrás lo que pasa con todo el mundo.
"No pienses que vine a traerte la paz. Vine a traerte la espada."
La lluvia me hace temblar de frío, y mi primer pensamiento es:
"Voy a estar agripado". Me consuelo pensando que todos los médicos
que conocí dicen que la gripe es provocada por virus, no por
gotas de agua.
No logro estar aquí y ahora; mi cabeza es un completo remolino:
¿adónde debo llegar? ¿Dónde debo ir? ¿Y si fuera incapaz de
reconocer a las personas en mi camino? Eso seguramente ya pasó
otras veces, y volverá a suceder; de lo contrario, mi alma ya estaría
en paz.
Con 59 años de estar conviviendo conmigo mismo, conozco
algunas de mis reacciones. Al comienzo de nuestra relación, la
palabra de J. parecía inspirada por una luz mucho más fuerte que él.
Yo aceptaba todo sin preguntar una segunda vez, seguía adelante
sin miedo y jamás me arrepentí por haberlo hecho. Pero el tiempo
fue pasando, la convivencia aumentó y, con ella, vino el hábito.
Aun cuando jamás me haya decepcionado, ya no puedo verlo
de la misma forma. Aun cuando por obligación aceptada voluntariamente
en septiembre de 1992, diez años después de que lo conocí,
tuviese que obedecer lo que me decía, ya no lo hacía con la
misma convicción de antes.
Estoy equivocado. Si elegí seguir esa Tradición mágica, no debería
tener ese tipo de cuestionamientos ahora. Soy libre de abandonarla
cuando quiera, pero algo me empuja hacia el frente. Con
toda seguridad, él tiene razón; sin embargo, yo me conformé con la
vida que llevo y no necesito más retos. Sólo paz.
Debería ser un hombre feliz: tengo éxito en mi profesión, una
de las más difíciles del mundo; estoy casado hace 27 años con la
mujer que amo; gozo de buena salud; vivo rodeado de gente en
la que puedo confiar; siempre recibo el cariño de mis lectores cuando
los encuentro en la calle. Hubo un momento en que eso bastaba,
pero en estos dos últimos años nada parece satisfacerme.
¿Se tratará sólo de un conflicto pasajero? ¿No basta con hacer
las oraciones de siempre, respetar a la naturaleza como la voz
de Dios y contemplar todo lo bello que hay a mi alrededor? ¿Para
qué desear ir más hacia delante, si estoy convencido de que he llegado
a mi límite?
¿Por qué no puedo ser como mis amigos?
La lluvia cae cada vez más fuerte, y no escucho nada además
del barullo del agua. Estoy hecho una sopa y no me puedo mover.
No quiero salir de aquí porque no sé adónde ir, estoy perdido.
J. tiene razón: si realmente hubiese llegado al límite, esta sensación
de culpa y frustración ya habría pasado. Pero continúa.
Temor y temblor. Cuando la insatisfacción no desaparece, entonces
fue puesta ahí por Dios con una sola razón: es necesario cambiar
todo, caminar hacia delante.
Ya viví eso antes. Cuando me rehusaba a seguir mi destino,
algo mucho más difícil de soportar acontecía en mi vida. Y es ése
mi más grande temor en este momento: la tragedia. La tragedia
es un cambio radical en nuestras vidas, siempre ligada al mismo
principio: la pérdida. Cuando estamos ante una pérdida, de nada
sirve intentar recuperar lo que se fue, es mejor aprovechar el gran
espacio abierto y llenarlo con algo nuevo. Teóricamente, toda pérdida
es para nuestro bien; en la práctica, es cuando cuestionamos
la existencia de Dios y nos preguntamos: ¿merezco esto?
Señor, ahórrame la tragedia, y yo seguiré Tus designios.
Cuando acabo de pensar en eso, un trueno explota a mi lado
y el cielo se ilumina con la luz del rayo.
Temor y temblor de nuevo. Una señal. Yo aquí tratando de convencerme
de que doy siempre lo mejor de mí, y la naturaleza diciéndome
exactamente lo opuesto: quien realmente está comprometido
con la vida jamás deja de caminar. En este momento, el cielo y la tierra
se enfrentan en una tempestad que, cuando pase, dejará el aire
más puro y el campo fértil, pero también habrá casas derrumbadas,
árboles centenarios derribados, lugares paradisiacos inundados.
Un bulto amarillo se aproxima.
Me entrego a la lluvia. Más rayos están cayendo, mientras que
la sensación de desamparo va siendo sustituida por algo positivo,
como si mi alma estuviese siendo lavada con el agua del perdón.
"Bendice y serás bendecido."
Las palabras salen naturalmente de mi interior, la sabiduría
que desconozco tener, que sé que no me pertenece, pero que a veces
se manifiesta y no me deja dudar de todo lo que aprendí durante
todos estos años.
Mi gran problema es éste: a pesar de estos momentos, sigo dudando.
El bulto amarillo está frente a mí. Es mi mujer, con una de las
capas de colores chillantes que usamos cuando vamos a pasear por
lugares de difícil acceso en las montañas; si nos perdemos, será más
fácil localizarnos.
Te olvidaste que tenemos una cena.
No, no me olvidé. Salgo de la metafísica universal donde los
truenos son las voces de los dioses y vuelvo a la realidad de la ciudad
provinciana, el buen vino, el carnero asado, la conversación
alegre con amigos que nos contarán sus aventuras en un reciente
viaje que hicieron en una Harley Davidson. De regreso a casa
para cambiarme de ropa, resumo en pocas frases la conversación
que tuve con J. aquella tarde.
¿Y te dijo dónde debes ir? pregunta mi mujer.
"Comprométete", me dijo.
¿Y eso es difícil? No seas tan testarudo. Estás pareciendo
más viejo de lo que ya eres.
Hervé y Veronique tienen otros dos invitados, una pareja de franceses
de mediana edad. Me presentan a uno de ellos como un "vidente"
que conocieron en Marruecos.
El hombre no parece ni muy simpático y ni muy antipático,
sólo ausente. Sin embargo, a media cena, como si hubiese entrado
en una especie de trance, le dice a Veronique:
Cuidado con el auto. Vas a sufrir un accidente.
Pienso que eso es de pésimo gusto porque, si Veronique se lo
toma en serio, el miedo terminará atrayendo energía negativa y
las cosas podrían realmente ocurrir como fue predicho.
¡Qué interesante! digo, antes de que alguien pueda reaccionar.
No dudo que sea capaz de caminar en el tiempo, en dirección
al pasado o al futuro. Justamente hablaba de eso con un
amigo esta tarde.
Puedo ver. Cuando Dios lo permite, puedo ver. Sé quién
fue, quién es y quién será cada una de las personas que están
sentadas a esta mesa. No entiendo mi don, pero lo acepté hace
tiempo.
La conversación, que debería versar sobre el viaje a Sicilia con
amigos que comparten nuestra pasión por las clásicas Harley Davidson,
de repente parece peligrosamente cercana a cosas que no
quiero escuchar ahora. Sincronía absoluta.
Y mi turno de hablar.
Usted también sabe que Dios sólo nos permite divisar eso
cuando desea que algo sea cambiado.
Me volteo hacia Veronique y le digo:
No te preocupes. Cuando algo en el plano astral es colocado
en este plano, pierde gran parte de su fuerza. O sea, tengo la
seguridad de que eso no sucederá.
Veronique ofrece más vino a todos. Ella piensa que el vidente
de Marruecos y yo hemos entrado en una ruta de colisión. No es
verdad; ese hombre realmente "ve", y eso me asusta. Después hablaré
con Hervé sobre ese asunto.
El hombre apenas me mira, continúa con el aire ausente de
quien entró en una dimensión sin pedirlo, pero que ahora tiene el
deber de comunicar lo que está sintiendo. Quiere contarme algo,
pero prefiere dirigirse a mi mujer:
El alma de Turquía entregará a su marido todo el amor que
ella posee. Pero derramará la sangre de él antes de revelar lo
que busca.
Otra señal que confirma que no debo viajar ahora, pienso, sabiendo
que procuramos interpretar todas las cosas de acuerdo con lo
que queremos, y no como realmente son.
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¡No! ¿Otra vez un ritual? ¿Invocar de nuevo a las fuerzas
invisibles para que se manifiesten en el mundo visible?
¿Qué tiene eso que ver con el mundo en que vivimos ahora?
Los jóvenes salen de la universidad y no consiguen empleo. Los
viejos llegan a la jubilación sin tener dinero para nada. Los adultos
no tienen tiempo de soñar, pasan de las ocho de las mañana a
las cinco de la tarde luchando para sostener a la familia, pagar el
colegio de los hijos, enfrentando aquello que todos conocemos con
el nombre resumido de "dura realidad".
El mundo nunca estuvo tan dividido como ahora: guerras religiosas,
genocidios, falta de respeto por el planeta, crisis económicas,
depresión, pobreza. Todos queriendo resultados inmediatos
para resolver cuando menos algunos de los problemas del mundo
o de su vida personal. Pero las cosas parecen más negras a medida
que avanzamos hacia el futuro.
¿Y yo aquí, queriendo seguir adelante en una tradición espiritual
cuyas raíces están en un pasado remoto, lejos de todos los retos
del momento presente?
Al lado de J., a quien llamo mi Maestro, y aun comenzando a tener
dudas al respecto, camino en dirección al roble sagrado, que
ha estado ahí desde hace más de 500 años, contemplando impasible
las agonías humanas; su única preocupación es entregar las
hojas al invierno y recuperarlas de nuevo en la primavera.
Ya no soporto escribir sobre mi relación con J., mi guía en la
Tradición. Tengo decenas de diarios repletos de anotaciones de
nuestras conversaciones, que nunca releo. Desde que lo conocí en
Ámsterdam, en 1982, aprendí y desaprendí a vivir un centenar
de veces. Cuando J. me enseña algo nuevo, creo que tal vez sea el
paso que me falta para llegar a la cima de la montaña, la nota que
justifica la sinfonía entera, la letra que resume el libro. Paso por
un periodo de euforia, que poco a poco va desapareciendo. Algunas
cosas se quedan para siempre, pero la mayoría de los ejercicios,
de las prácticas, de las enseñanzas, termina por desaparecer
en un agujero negro. O, por lo menos, eso es lo que parece.
El suelo está mojado; imagino que mis tenis tan meticulosamente lavados
dos días antes estarán de nuevo llenos de lodo dentro de algunos
pasos, independientemente del cuidado que pueda tener. Mi búsqueda
de la sabiduría, la paz espiritual y la conciencia de las realidades
visibles e invisibles se transformó ya en una rutina que no da resultado.
Cuando tenía 22 años comencé a dedicarme al aprendizaje de la
magia; recorrí diversos caminos, anduve a la orilla del abismo durante
años importantes, resbalé y caí, desistí y volví. Imaginaba que cuando
llegara a los 59 años estaría cerca del paraíso y de la tranquilidad
absoluta que creo ver en la sonrisa de los monjes budistas.
Por el contrario, parece que estoy más lejos que nunca. No estoy
en paz; de vez en cuando entro en grandes conflictos conmigo
mismo, que pueden durar meses. Y los momentos en que me
sumerjo en la percepción de una realidad mágica duran apenas
algunos segundos. Lo suficiente para saber que ese otro mundo
existe, y lo bastante para dejarme frustrado por no lograr absorber
todo lo que aprendo.
Llegamos.
Cuando acabe el ritual, hablaré seriamente con él. Ambos colocamos
las manos en el tronco del roble sagrado.
* * *
J. dice una oración sufí:
"Oh Dios, cuando presto atención a las voces de los animales, al ruido de
los árboles, al murmullo de las aguas, al gorjeo de los pájaros, al sonido del
viento y al estruendo del trueno, percibo en ellos un testimonio de Tu unidad;
siento que Tú eres el supremo poder, la omnisciencia, la suprema sabiduría,
la suprema justicia.
"Oh Dios, Te reconozco en las pruebas que estoy pasando. Permite, oh
Dios, que Tu satisfacción sea mi satisfacción. Que yo sea Tu alegría, esa alegría
que un Padre siente por un hijo. Y que me acuerde de Ti con tranquilidad
y determinación, aun cuando fuera difícil decir que Te amo."
Generalmente, en este momento yo sentiría, por una fracción
de segundo, pero con eso bastaba, la Presencia Única que mueve
el Sol y la Tierra, y que mantiene a las estrellas en su lugar. Pero
hoy no quiero conversar con el Universo; basta con que el hombre
a mi lado me dé las respuestas que necesito.
* * *
Él retira las manos del tronco del roble y yo hago lo mismo. Me
sonríe, y yo le sonrío a mi vez. Nos dirigimos, en silencio y sin prisa,
a mi casa; nos sentamos en la terraza y tomamos un café, todavía
sin hablar.
Contemplo el árbol gigantesco que está al centro de mi jardín,
con el listón en torno a su tronco, colocado ahí después de
un sueño. Estoy en el villorrio de San Martín, en los Pirineos
franceses, en una casa que ya me arrepentí de haber comprado;
ella terminó por poseerme, exigiendo mi presencia siempre que
fuera posible, porque necesita de alguien que la cuide para mantener
viva su energía.
Ya no puedo evolucionar digo, cayendo como siempre en
la trampa de hablar primero. Creo que llegué a mi límite.
Qué interesante. Yo siempre intenté descubrir mis límites,
y hasta ahora no logro alcanzarlos. Pero mi universo no colabora
mucho, sigue creciendo y no me ayuda a conocerlo por completo
dice J., provocándome.
Está siendo irónico. Pero yo sigo adelante.
¿Y qué viniste a hacer aquí hoy? Tratar de convencerme de
que estoy equivocado, como siempre. Di lo que quieras, pero sabe
que las palabras no cambiarán nada. No estoy bien.
Fue exactamente por eso que vine hoy. Presentí lo que estaba
ocurriendo hace ya tiempo. Pero siempre existe un momento
exacto para actuar afirma J., tomando una pera de encima
de la mesa y haciéndola girar en sus manos. Si hubiésemos conversado
antes, tú todavía no estarías maduro. Si conversáramos
después, tú ya estarías podrido da una mordida a la fruta, saboreando
su gusto. Perfecta. El momento correcto.
Tengo muchas dudas. Y las mayores son mis dudas de fe
insisto.
Excelente. La duda es lo que empuja al hombre hacia delante.
Como siempre, buenas respuestas y buenas imágenes, pero hoy
no están funcionando.
Voy a decirte lo que sientes continúa. Que todo lo que
aprendiste no echó raíces, que eres capaz de sumergirte en el universo
mágico, pero no logras quedar inmerso en él. Que tal vez
todo eso no pase de ser una gran fantasía que el ser humano crea
para alejar su miedo a la muerte.
Mis preguntas son más profundas: son dudas de fe. Tengo una
única certeza: existe un universo paralelo, espiritual, que interfiere
con este mundo en que vivimos. Fuera de eso, todo el resto, los libros
sagrados, las revelaciones, las guías, los manuales, las ceremonias,
todo eso me parece absurdo. Y lo que es peor, sin efectos duraderos.
Te voy a decir lo que ya he sentido continúa J.. Cuando
era joven, me deslumbraba con todas las cosas que la vida podía
ofrecerme, pensaba que era capaz de obtener cada una de ellas.
Cuando me casé, tuve que elegir un solo camino, porque necesitaba
mantener a la mujer que amo y a mis hijos. A los 45 años,
después de convertirme en un ejecutivo muy exitoso, vi a mis hijos
crecer y salir de casa y creí que, de ahí en adelante, todo sería
una repetición de lo que ya había experimentado.
"Fue ahí cuando comenzó mi búsqueda espiritual. Soy un
hombre disciplinado y me dediqué a ella con toda la energía. Pasé
por periodos de entusiasmo y de incredulidad hasta que llegué al
momento que tú estás viviendo ahora."
J., a pesar de todos mis esfuerzos, no logro decir: "Estoy más
cerca de Dios y de mí mismo" digo, con cierta exasperación.
Eso es porque, como el resto de las personas en el planeta,
tú creíste que el tiempo te enseñaría a acercarte a Dios. Pero el
tiempo no enseña; sólo nos trae la sensación de cansancio, de envejecimiento.
El roble ahora parecía estar mirándome. Debía tener más de
cuatro siglos, y todo lo que aprendió fue a permanecer en el mismo
lugar.
¿Por qué hicimos un ritual en torno al roble? ¿En qué nos
ayuda eso a convertirnos en mejores seres humanos?
Porque las personas ya no hacen rituales alrededor de los robles.
Y actuando en una forma que puede parecer absurda, tocas
algo profundo en tu alma, en tu parte más antigua, la más cercana
al origen de todo.
Es verdad. Le pregunté lo que sabía y recibí la respuesta que
esperaba. Debo aprovechar mejor cada minuto a su lado.
Es hora de salir de aquí dice J., abruptamente.
Miro el reloj. Le explico que el aeropuerto está cerca, podríamos
seguir conversando un poco más.
No me refiero a eso. Cuando pasé por lo que estás viviendo,
encontré la respuesta en algo que ocurrió antes de que yo naciera.
Es lo que estoy sugiriendo que hagas.
¿Reencarnación? Él siempre había desalentado las visitas a mis
vidas pasadas.
Ya fui al pasado. Lo aprendí por mí mismo, antes de conocerte.
Ya hablamos de eso; vi dos reencarnaciones: un escritor francés
en el siglo xix y un
Sí, lo sé.
Cometí errores que no puedo remediar ahora. Y tú me dijiste
que no volviera a hacer eso, pues sólo aumentaría mi culpabilidad.
Viajar a vidas pasadas es como abrir un hueco en el suelo
y dejar que el fuego del piso de abajo incendie el presente.
J. lanza los restos de la pera a los pájaros del jardín y me mira,
irritado:
No digas tonterías, por favor. No me hagas creer que realmente
tienes razón y que no aprendiste nada durante esos 24 años
que pasamos juntos.
Sí, sé de lo que habla. En la magia, y en la vida, hay sólo un
momento presente, el ahora. El tiempo no se mide como se calcula
la distancia entre dos puntos. El "tiempo" no pasa. El ser humano
tiene una gigantesca dificultad para concentrarse en el presente;
siempre está pensando en lo que hizo, cómo podría haberlo hecho
mejor, cuáles fueron las consecuencias de sus actos, por qué
no actuó
como debería haber actuado. O si no se preocupa por el
futuro, por lo que va a hacer mañana, qué providencias debe tomar,
cuál es el peligro que le espera a la vuelta de la esquina, cómo
evitar lo que no desea y cómo conseguir lo que siempre soñó.
J. retoma la conversación.
Por lo tanto, aquí y ahora tú comienzas a preguntarte: ¿existe
realmente algo equivocado? Sí, existe. Pero en este momento entiendes
también que puedes cambiar tu futuro trayendo el pasado
al presente. El pasado y el futuro sólo existen en nuestra memoria.
"Pero el momento presente está más allá del tiempo: es la Eternidad.
Los indios usan la palabra karma a falta de algo mejor.
Pero el concepto está mal explicado: no es lo que hiciste en tu vida
pasada lo que afectará el presente. Es lo que haces en el presente
lo que redimirá el pasado y, lógicamente, cambiará el futuro."
Es decir
Él hace una pausa, cada vez más irritado porque yo no logro
entender lo que está intentando explicarme.
De nada sirve quedarme aquí utilizando palabras que nada
quieren decir. Experimenta. Es hora de que tú salgas de aquí. A reconquistar
tu reino, que ahora está corrompido por la rutina. Deja
de repetir siempre la misma lección, no es eso lo que hará que
aprendas algo nuevo.
No se trata de rutina. Soy infeliz.
El nombre de eso es rutina. Crees que existe porque eres infeliz.
Otras personas existen en función de sus problemas y viven
hablando compulsivamente sobre ellos: problemas con los hijos,
maridos, escuela, trabajo, amigos. No se detienen a pensar: yo
estoy aquí. Soy el resultado de todo lo que sucedió y sucederá, pero
estoy aquí. Si hice algo equivocado, puedo corregirlo o por lo menos
pedir perdón. Si hice algo correcto, eso me hace más feliz y
conectado con el ahora.
J. respiró hondo antes de concluir:
Tú ya no estás aquí. Es hora de salir para volver de nuevo
al presente.
Era lo que yo temía. Hacía algún tiempo él venía dándome a entender
que había llegado la hora de dedicarme al tercer camino
sagrado. Sin embargo, mi vida cambió mucho desde el lejano año
de 1986, cuando la peregrinación a Santiago de Compostela me
llevó a afrontar mi propio destino, o el "proyecto de Dios". Tres
años más tarde, seguí el Camino de Roma, en la región donde estábamos
ahora, un proceso doloroso, tedioso, que me obligó a pasar
70 días haciendo a la mañana siguiente todos los absurdos que
soñara la noche anterior (recuerdo que me quedé cuatro horas en
una parada de camiones, sin que ocurriera nada importante).
Desde entonces había obedecido con disciplina todo lo que mi
trabajo me exigía que hiciese. A final de cuentas era mi elección y
mi bendición. O sea, viajé como un loco. Las grandes lecciones que
aprendí fueron justamente aquellas que los viajes me enseñaron.
Mejor dicho, siempre viajé como un loco, desde joven. Pero,
recientemente, parecía estar viviendo en hoteles y aeropuertos, y el
sentido de aventura estaba dando paso a un profundo tedio. Cuando
protestaba que no lograba quedarme mucho tiempo en un solo
lugar, las personas decían espantadas: "¡Pero si viajar es muy bueno!
¡Lástima que yo no tengo dinero para eso!"
Viajar nunca es una cuestión de dinero, sino de coraje. Pasé
gran parte de mi vida recorriendo el mundo como hippie: ¿qué
dinero tenía entonces? Ninguno. Mal daba para pagar el pasaje, e
incluso así creo que fueron algunos de los mejores años de mi juventud:
comiendo mal, durmiendo en estaciones de tren, incapaz
de comunicarme a causa del idioma, obligado a depender de otros
hasta para encontrar un refugio dónde pasar la noche.
Después de mucho tiempo en la carretera, escuchando una
lengua que no entiendes, usando un dinero cuyo valor no conoces,
caminando por calles por donde nunca antes pasaste,
descubres que tu antiguo Yo, con todo lo que aprendió, es absolutamente
inútil ante esos nuevos desafíos, y comienzas a percibir
que, enterrado en lo profundo de tu inconsciente, existe alguien
mucho más interesante, aventurero, abierto al mundo y a nuevas
experiencias.
Pero llega un día en que dices: "¡Basta!"
¡Basta! Viajar para mí se convirtió en una rutina monótona.
No, no basta. Nunca va a bastar insiste J.. Nuestra vida
es un viaje constante, del nacimiento a la muerte. Cambia el paisaje,
cambian las personas, las necesidades se transforman, pero
el tren sigue adelante. La vida es el tren, no la estación del tren.
Y lo que has hecho hasta ahora no es viajar, sino sólo cambiar de
países, lo que es completamente diferente.
Negué con la cabeza.
Eso no me ayuda. Si necesito corregir un error que cometí
en otra vida, y estoy profundamente consciente de ese error, puedo
hacer eso aquí mismo. En aquel calabozo yo sólo obedecía órdenes
de alguien que parecía conocer los designios de Dios: tú.
"Además, ya encontré cuando menos a cuatro personas a quienes
les pedí perdón."
Pero no descubriste la maldición que fue lanzada.
Tú también fuiste maldecido en la misma época. ¿Y la descubriste?
Descubrí la mía. Y puedo garantizarte que fue mucho más
dura que la tuya. Tú fuiste cobarde una vez, mientras que yo fui
injusto muchas veces. Pero eso me liberó.
Si necesito viajar en el tiempo, ¿por qué es necesario viajar
en el espacio?
J. rió:
Porque todos tenemos siempre una posibilidad de redención,
pero para eso debemos encontrar a las personas a quienes hicimos
daño y pedirles perdón.
¿Y adónde voy? ¿A Jerusalén?
No lo sé. A donde te comprometas a ir. Descubre lo que dejaste
incompleto y termina la obra. Dios te guiará, porque en el
aquí y ahora está todo lo que viviste, y lo que vivirás. El mundo
está siendo creado y destruido en este momento. A quien encontraste,
volverá a aparecer; a quien dejaste partir, habrá de regresar.
No traiciones las gracias que te fueron concedidas. Entiende
lo que pasa contigo, y sabrás lo que pasa con todo el mundo.
"No pienses que vine a traerte la paz. Vine a traerte la espada."
La lluvia me hace temblar de frío, y mi primer pensamiento es:
"Voy a estar agripado". Me consuelo pensando que todos los médicos
que conocí dicen que la gripe es provocada por virus, no por
gotas de agua.
No logro estar aquí y ahora; mi cabeza es un completo remolino:
¿adónde debo llegar? ¿Dónde debo ir? ¿Y si fuera incapaz de
reconocer a las personas en mi camino? Eso seguramente ya pasó
otras veces, y volverá a suceder; de lo contrario, mi alma ya estaría
en paz.
Con 59 años de estar conviviendo conmigo mismo, conozco
algunas de mis reacciones. Al comienzo de nuestra relación, la
palabra de J. parecía inspirada por una luz mucho más fuerte que él.
Yo aceptaba todo sin preguntar una segunda vez, seguía adelante
sin miedo y jamás me arrepentí por haberlo hecho. Pero el tiempo
fue pasando, la convivencia aumentó y, con ella, vino el hábito.
Aun cuando jamás me haya decepcionado, ya no puedo verlo
de la misma forma. Aun cuando por obligación aceptada voluntariamente
en septiembre de 1992, diez años después de que lo conocí,
tuviese que obedecer lo que me decía, ya no lo hacía con la
misma convicción de antes.
Estoy equivocado. Si elegí seguir esa Tradición mágica, no debería
tener ese tipo de cuestionamientos ahora. Soy libre de abandonarla
cuando quiera, pero algo me empuja hacia el frente. Con
toda seguridad, él tiene razón; sin embargo, yo me conformé con la
vida que llevo y no necesito más retos. Sólo paz.
Debería ser un hombre feliz: tengo éxito en mi profesión, una
de las más difíciles del mundo; estoy casado hace 27 años con la
mujer que amo; gozo de buena salud; vivo rodeado de gente en
la que puedo confiar; siempre recibo el cariño de mis lectores cuando
los encuentro en la calle. Hubo un momento en que eso bastaba,
pero en estos dos últimos años nada parece satisfacerme.
¿Se tratará sólo de un conflicto pasajero? ¿No basta con hacer
las oraciones de siempre, respetar a la naturaleza como la voz
de Dios y contemplar todo lo bello que hay a mi alrededor? ¿Para
qué desear ir más hacia delante, si estoy convencido de que he llegado
a mi límite?
¿Por qué no puedo ser como mis amigos?
La lluvia cae cada vez más fuerte, y no escucho nada además
del barullo del agua. Estoy hecho una sopa y no me puedo mover.
No quiero salir de aquí porque no sé adónde ir, estoy perdido.
J. tiene razón: si realmente hubiese llegado al límite, esta sensación
de culpa y frustración ya habría pasado. Pero continúa.
Temor y temblor. Cuando la insatisfacción no desaparece, entonces
fue puesta ahí por Dios con una sola razón: es necesario cambiar
todo, caminar hacia delante.
Ya viví eso antes. Cuando me rehusaba a seguir mi destino,
algo mucho más difícil de soportar acontecía en mi vida. Y es ése
mi más grande temor en este momento: la tragedia. La tragedia
es un cambio radical en nuestras vidas, siempre ligada al mismo
principio: la pérdida. Cuando estamos ante una pérdida, de nada
sirve intentar recuperar lo que se fue, es mejor aprovechar el gran
espacio abierto y llenarlo con algo nuevo. Teóricamente, toda pérdida
es para nuestro bien; en la práctica, es cuando cuestionamos
la existencia de Dios y nos preguntamos: ¿merezco esto?
Señor, ahórrame la tragedia, y yo seguiré Tus designios.
Cuando acabo de pensar en eso, un trueno explota a mi lado
y el cielo se ilumina con la luz del rayo.
Temor y temblor de nuevo. Una señal. Yo aquí tratando de convencerme
de que doy siempre lo mejor de mí, y la naturaleza diciéndome
exactamente lo opuesto: quien realmente está comprometido
con la vida jamás deja de caminar. En este momento, el cielo y la tierra
se enfrentan en una tempestad que, cuando pase, dejará el aire
más puro y el campo fértil, pero también habrá casas derrumbadas,
árboles centenarios derribados, lugares paradisiacos inundados.
Un bulto amarillo se aproxima.
Me entrego a la lluvia. Más rayos están cayendo, mientras que
la sensación de desamparo va siendo sustituida por algo positivo,
como si mi alma estuviese siendo lavada con el agua del perdón.
"Bendice y serás bendecido."
Las palabras salen naturalmente de mi interior, la sabiduría
que desconozco tener, que sé que no me pertenece, pero que a veces
se manifiesta y no me deja dudar de todo lo que aprendí durante
todos estos años.
Mi gran problema es éste: a pesar de estos momentos, sigo dudando.
El bulto amarillo está frente a mí. Es mi mujer, con una de las
capas de colores chillantes que usamos cuando vamos a pasear por
lugares de difícil acceso en las montañas; si nos perdemos, será más
fácil localizarnos.
Te olvidaste que tenemos una cena.
No, no me olvidé. Salgo de la metafísica universal donde los
truenos son las voces de los dioses y vuelvo a la realidad de la ciudad
provinciana, el buen vino, el carnero asado, la conversación
alegre con amigos que nos contarán sus aventuras en un reciente
viaje que hicieron en una Harley Davidson. De regreso a casa
para cambiarme de ropa, resumo en pocas frases la conversación
que tuve con J. aquella tarde.
¿Y te dijo dónde debes ir? pregunta mi mujer.
"Comprométete", me dijo.
¿Y eso es difícil? No seas tan testarudo. Estás pareciendo
más viejo de lo que ya eres.
Hervé y Veronique tienen otros dos invitados, una pareja de franceses
de mediana edad. Me presentan a uno de ellos como un "vidente"
que conocieron en Marruecos.
El hombre no parece ni muy simpático y ni muy antipático,
sólo ausente. Sin embargo, a media cena, como si hubiese entrado
en una especie de trance, le dice a Veronique:
Cuidado con el auto. Vas a sufrir un accidente.
Pienso que eso es de pésimo gusto porque, si Veronique se lo
toma en serio, el miedo terminará atrayendo energía negativa y
las cosas podrían realmente ocurrir como fue predicho.
¡Qué interesante! digo, antes de que alguien pueda reaccionar.
No dudo que sea capaz de caminar en el tiempo, en dirección
al pasado o al futuro. Justamente hablaba de eso con un
amigo esta tarde.
Puedo ver. Cuando Dios lo permite, puedo ver. Sé quién
fue, quién es y quién será cada una de las personas que están
sentadas a esta mesa. No entiendo mi don, pero lo acepté hace
tiempo.
La conversación, que debería versar sobre el viaje a Sicilia con
amigos que comparten nuestra pasión por las clásicas Harley Davidson,
de repente parece peligrosamente cercana a cosas que no
quiero escuchar ahora. Sincronía absoluta.
Y mi turno de hablar.
Usted también sabe que Dios sólo nos permite divisar eso
cuando desea que algo sea cambiado.
Me volteo hacia Veronique y le digo:
No te preocupes. Cuando algo en el plano astral es colocado
en este plano, pierde gran parte de su fuerza. O sea, tengo la
seguridad de que eso no sucederá.
Veronique ofrece más vino a todos. Ella piensa que el vidente
de Marruecos y yo hemos entrado en una ruta de colisión. No es
verdad; ese hombre realmente "ve", y eso me asusta. Después hablaré
con Hervé sobre ese asunto.
El hombre apenas me mira, continúa con el aire ausente de
quien entró en una dimensión sin pedirlo, pero que ahora tiene el
deber de comunicar lo que está sintiendo. Quiere contarme algo,
pero prefiere dirigirse a mi mujer:
El alma de Turquía entregará a su marido todo el amor que
ella posee. Pero derramará la sangre de él antes de revelar lo
que busca.
Otra señal que confirma que no debo viajar ahora, pienso, sabiendo
que procuramos interpretar todas las cosas de acuerdo con lo
que queremos, y no como realmente son.
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